domingo, 9 de octubre de 2011

Adrenalina

Su padre lo había mandado a comprar cerveza. Cerró la puerta, se puso la mano derecha en el bolsillo del buzo, y en la izquierda llevaba el envase. Apretaba la plata con su mano abrigada y cuando estaba a cincuenta metros escuchó un ladrido.
Contrajo el puño con fuerza y levantó la mirada.
Saliendo de un portón abierto se acercaba hacia el un perro. Grande. Con dientes feroces.
Desde su columna el miedo entró como una inyección de alguna droga dura. Desde que había sido mordido a los 8 años por ese perro de un vecino de su tío, allá en Haedo, sufría de una gran, gran fobia a los canes.
Sabía que un perro de esos podía saltar y destrozarlo. Su contextura física no soportaba un pelotazo en la clase de volley, mucho menos iba a soportar eso.
''Tengo que actuar rápido o la voy a pasar un poco mal'', pensó. Cerró los puños de nuevo y recordó.

Agarró la botella de cerveza por el mango, la rompió contra el cordón de la vereda, miró al perro y le gritó: ''VAMOS A VER SI TE LA BANCAS AHORA, PERRO DE MIERDA''

Era a vida o muerte ahora.

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