viernes, 30 de diciembre de 2011

La vida rural, la vida citadina.

Lo cierto es que nunca fui una persona que le gustara el lugar en el que vivía. Siempre me quejé de los bichos, animales que me molestaban y todo eso. Siempre, desde chico me atrajo lo urbano, la calle. La calle, de una manera poética, no la calle de la que hablan los padres cuarentañeros que se refieren a que las experiencias de salir todas las noches en los fines de semanas a garronear chicas con algún que otro sorbo de bebidas espirituosas sobre su organismo. Me refiero a la calle como lugar de exposición de la gente, en el cual todos nos ponemos sobre el cemento a caminar, y trasladarnos, a la mirada consciente o inconsciente de los demás.
Hoy fui a la chacra de mi abuela con mi viejo y pasamos por una parte rural habitada. Miré a los chicos, viviendo una vida en la que generalmente ayudan a sus padres con tareas relacionadas a labrar la tierra, y cosas así. Y no se, me di cuenta que no podría vivir en un ambiente así. Me gustan los paisajes naturales (no tanto como los artificiales, pero si), pero no podría vivir en uno de ellos. Yo necesito gente, mucha gente alrededor. Quiero variedad, quiero diversidad, quiero nutrirme de todos y que alguno se nutra de mi. Necesito sentir el suelo regular, las calles de piedra, las casas de cemento, los edificios, altos, superiores sin saberlo ni sentirlo.

Una de las cosas que mas amo de Buenos Aires es esa. La diversidad. La cantidad de propuestas culturales del lugar. De todo tipo. A veces habrá que buscar con un poco más de detenimiento, pero que la hay, la hay. Hay tanta gente, gente dispuesta a hablar de lo que vos imagines que a veces desde acá me parece ilógico que todos (o la gran mayoría) se sientan constantemente solos. Hace unos días hablaba con una amiga sobre eso. Tengo la teoría de que un día, en Buenos Aires, pasó algo. Nadie sabe qué, nadie sabe cuando, pero pasó algo que hizo que de repente, todos se sintieran solos. Algo que pasó hace mucho. La población creció, y creció la soledad. Y es una bola de nieve muy, muy difícil de parar. Y ahí es donde está la otra característica de Buenos Aires que me gusta. Lo crudo que es todo.

La gente es cruda, los sentimientos están muy a flor de piel. Es algo que les juro se puedo sentir, se puede ver a la gente, a su historia, podés darte el placer de imaginarte sus vidas, sus romances, sus fracasos, sus triunfos, sus gustos. Podés imaginar vidas, con todas esas personas, inventar historias. Y tenés 10 millones de personas,  todas muy diferentes entre si. Sos una especie de dios imaginario, y solo gobernás sobre el mundo que vos creás en tu mente.

Sos una especie de mago, podés tirarles hechizos a tus pequeños ciudadanos, protagonistas de historias de las que nunca se van a enterar, a menos que los encuentres de nuevo, y te animes a decirles que los utilizaste para historias en las que ellos mismos nunca se habrían imaginado. El poder de la imaginación, y el anonimato.

Bueno, me extendí mucho. Tal vez siga hablando de lo mucho que amo a Buenos Aires en otro momento.

1 comentario:

Maximiliano dijo...

Definitivamente tenemos los mismos gustos compañeros, esa descripción que hacés de Buenos Aires y sus habitantes fue algo que descubrí hace tiempo recorriéndola día tras día, y que años después desembocó (o desemboca mejor dicho) en mi humilde obra, que ya desde el título dice bastante supongo.

Un abrazo caballero, créame que nos vamos a leer seguido.
M.

Pd: El comentario es simplemente porque no quiero morir joven, más te vale cumplir con eso.