sábado, 3 de marzo de 2012

Han matado al poeta.

Lo han encontrado en la vereda, sangrando.
Las palabras le salían de la herida.
Las letras se confundían con el humo.
El poeta sangraba en la esquina.

Hay varios sospechosos que parecen ser culpables.
No había competencia, llovía sobre la inspiración.
Debería tener algún sentido? Su muerte era como las otras?
No lo sabía. Nadie lo sabía.

Los vecinos habían escuchado a la dama del 5to B.
Le reclamó al poeta sobre un poema que le había escrito, fue justo antes de ayer.
Ella pensó que el amor reflejado en el escrito la iba a hacer sentir amor hasta siempre.
Se sintió estafada. El poeta le había respondido que el amor no se pasaba por papel.
Se pasaba por las almas.

Eran otros tiempos. Su editor le había pedido cosas más simples.
Necesitaba dinero.
Hubo gritos. El poeta lloró.
Por dentro.
Y casi se ahoga en si mismo.

Volvió a su casa. Se preparó un té, lo sirvió y se sentó.
Lo tomó, y pensó en lo injusta que es la vida, y lo poco que había visto a sus 29 años.
Sorbió su té, y se imaginó en los Alpes. Luego se imaginó junto al calor mismo.
Fue un fuego, y fue todos los fuegos.
Fue un ángel, fue una perla, fue once personas diferentes en una tragicomedia improvisada en su cabeza.

Se encargó de apagar las velas que iluminaban su estante, lleno de historias, lleno de ideas, sentimientos, cantares.
Apagó las luces, y salió a la calle. No había nadie. Pero cerca, vio una sombra moverse junto a el, mientras el se movía. Sabía que alguien estaba cerca.

El poeta ha muerto, gritó la señora del almacén de al lado.
Se ha matado el poeta, lamentó una niña.
Prefirió morir y dejar de soportar a los ingratos.
Sus ojos todavía estaban abiertos. La ciudad lo despidió, esa noche, de ese año.
Le dijo adiós con las estrellas en el cielo.

Su alma todavía estaba allí.
El poeta ha muerto, señores, y ahora no volverá

Su propio alma se encargó de matarlo para que deje de sentir tanto.