viernes, 23 de marzo de 2012

Tu pañuelo rojo.

Oh, yo todavía recuerdo cuando eramos pibes. Oh, si si si. Vos siempre te sentaste en el banco de enfrente del de la esquina, como escondiéndote, pero no. Siempre fuiste muy interesante, sabías? Fuiste una de las primeras chicas que conocí de las cuales no me molestaba escuchar en voz muy alta. Siempre hablabas bajo, pero tu risa... tu risa... oh, tu risa. Estrepitosa como un piano cayendo de un precipicio, delicada como una sábana deslizándose sobre mi piel, graciosa como un río siguiendo un curso natural.

Siempre, siempre, siempre.

Nunca cambiaste, mi querida. Siempre fuiste cansinamente original, a veces se podía oler la envidia de los intentos vanos de las demás chicas en tratar de hacerte sentir mal, sabías que la gente que critica de manera no constructiva es la que no debe ser escuchada, siempre lo supiste. Será porque desde chica escuchabas a Serú? Será porque desde pre-adolescente leías a Cortázar? Será porque naciste en abril? Será porque sí?

Si, recuerdo haber sido espectador de nuestro 5to año. Me acuerdo que desde el otro costado del curso te miraba, cada tanto, para ver que hacías. Y vos lo mirabas, lo mirabas, lo mirabas. Mirabas sus expresiones violentas, los golpes a sus amigos, los golpes que recibía, las risas de su grupo de cercanía... Y bajabas la mirada, y seguías escribiendo. Oh, tan, tan, pero tan enamorada. Y al final, como lo esperé, el cayó. Quien no, con tus ojos que a veces eran negros y a veces marrones? A veces las ojeras que te provocaban las noches de insomnio te volvían increíblemente vulnerable, cansada y un poco más vulnerable. Verte fumar era algo hipnotizante. Era inquietantemente atractivo ese acto de autodestrucción en el que se te veía durante unos 15 minutos terminar unos cuantos cigarrillos con una lentitud casi elegante. Encendías el cigarro, cruzabas las piernas, pitada, mirada alrededor, pitada, mirada alrededor. Cíclico. Que tremendo, que atropello el mío. A veces suelo recapacitar sobre si me descubriste husmeando en tu espacio vital. Oh, que descuidado.

El tiempo pasó, nosotros egresamos y vos y el y yo nos mudamos de Rosario a Buenos Aires. No juntos, obviamente. Bueno... ustedes si. Vivieron juntos, salieron, se embriagaron con cervezas a precio popular y con otras no tan accesibles. Un día se casaron.

Si.

Yo recuerdo ese día. Te acordás de Juanca? Bueno, el me lo contó. Vio en una casa de electrodomésticos esos anuncios que ponen las parejas como la tuya que se casan.
Fue raro lo que sentí cuando me enteré. Fue parte tristeza y parte felicidad. Me ponía infeliz el hecho de saber que el había triunfado, y que había logrado llegar a algo importante con vos, pero mi premio consuelo fue saber que seguramente lo hacías porque eras feliz a su lado.
Y así era, por supuesto que era así. Estabas rebosante de alegría.

Pero no estabas preparada para el desgaste de ser ama de casa. Yo creo que debió ser duro para vos darte cuenta de esas actitudes de las cuales yo me di cuenta 10 años antes que vos. Oh, eras muy viva, pero el amor te cegó, que actitud tan cliché. Que cliché y necesario e inevitable es el cliché. Mensajes subliminales que pasaron inadvertidos al principio pero que con el paso de los meses se volvieron gritos en voz baja.
Un mirlo siendo encerrado en una jaula, un perro con el portón cerrado, un niño castigado... El shock entre tu previa libertad y el cambio hacia ese sentimiento de haber caído en la trampa debe haber sido enorme, inconmensurablemente monstruoso.

Yo sé, si, sé que pensaste como escapar. Dejarlo? Montaría en cólera. Comportarse de una manera descuidada hacia el, para que el sienta tu desinterés? Tampoco serviría.

Entonces huiste. Un día que salió a tomar algo con sus amigos armaste un bolso con ropa, plata y algunas pocas cosas imprescindibles (oh, nunca podía faltar tu pañuelo rojo) para luego emprender la huida.
Pero es como si la ciudad tuviera vida propia. A veces puede parecer enorme como un mar o pequeña como una bala. Y entonces, entonces, entonces... lo encontraste. Se cruzó en tu camino y apenas te vio comprendió tus intenciones. Y vos también comprendiste. Sabías lo que iba a pasar.

Y acá estoy. El cementerio de la Recoleta nunca fue tan triste. Oh, mi gran amiga. Tal vez en otra vida yo podría haberme animado a hablarte, y tal vez habríamos llegado a algo. pero es que tu belleza me intimidaba tanto... Soplabas con la delicadeza suficiente para que el viento ceda ante vos concediéndote una tormenta, mirabas con la seguridad necesaria para que todos los reinos todos fueran tuyos y hablabas con la simpleza justa para que todos creyeran tus palabras. Y todo esto sin esforzarte ni pedir privilegios.
Y ahora susurro frente a tu tumba, pidiendo perdón por no haberte salvado en estos 20 años, mi vida. Mi amor... creo que nunca me voy a perdonar todo esto.

La vida nunca fue tan triste desde que dejaste de vivir.

3 comentarios:

Die dijo...

Uf Dieguito querido! Jajajaja, qué lindo todo lo que me acaba de pasar. Me encantó.
Me gustó muchísimo cómo va cambiando, casi imperceptiblemente, el ánimo con el que la describe. Por sus altibajos, como todo, siempre comprendiendo pero lamentando también.
No sé ni siquiera por qué estoy escribiendo tanto, jajajaj, supongo que me dejaste con ganas de escribir, es motivador señor tocayo.
Sin más habladurías te mando un abrazo y después, cuando nos miramos a la cara por segunda vez (la primera fue al saludarte) una palmada en la espalda.

Anónimo dijo...

OH OH OH
mucho oh

Rocío Ricci dijo...

Me pareció muy bueno!