jueves, 11 de abril de 2013

Buenos Aires desde el cielo me hace acordar a la chica que todavía no encuentro y quiero que me ame.


Buenos Aires desde el cielo se ve pequeña. Cuando caminás sus calles llenas de pequeños ladrillos y de bolsas de basura en el suelo mirás a la gente y sus caras de tristeza (salvando a las chicas y chicos que aún logran sacar vida dentro de la miseria) y te encontrás observando lo que está alrededor, y mirás arriba, hasta el cielo, te encontrás con los edificios, enormes, afectados por la humedad que tan mal le hace a algunos y tan poco le afecta a algunos otros. Que enormidad. Que enormidad Buenos Aires. ¿Saben algo? Yo acabo de mirar a Buenos Aires desde el cielo, sin ser un pájaro, y Buenos Aires es pequeñísima. Y lloré. Lloré porque se que voy a extrañar a todas las personas que habitan ese minúsculo lugar. A los músicos callejeros, a los vendedores del subte. A los y las laburantes que se levantan temprano y viajan en colectivo para llegar a sus trabajos. A los vecinos que te indican como llegar a algún lugar. A los artistas. Y por favor, permítanme hacer un apartado para los artistas que viven allí; los amo y muchos de ellos se sienten solos en toda esa maraña de confusión que es el crear. Mis queridos artistas, pintores, músicos, escritores, por favor, nunca olviden el momento en el que viven y lo que sienten y piensan en este momento. Lleven en su corazón el amor que tienen por lo que hacen por siempre, pues es un amor que siempre estará con ustedes y que, si siguen fieles a el, les traerá a alguien que les hará caricias con sus manos en los cuerpos desnudos bajo las sábanas baratas manchadas por el vaso de fernet que tomaron esa vez que se sintieron solos y se emborracharon un poco.

Querida Buenos Aires. Te voy a extrañar. Si fueras una persona, trataría de conquistarte sin dudarlo. No se como sería tu cuerpo. ¿Importaría eso acaso? Claro que no. De todos modos se que tus labios derrocharían pintalabios rojo, y que tus besos sabrían a cigarrillo y cerveza. Que dormiría en tu pecho y serías la almohada más mullida y más suave del universo.  Que tus piernas serían el hogar de mis dedos inquietos que nunca dormirán y tendrán el insomnio más largo de la historia. En tu espalda dibujaría con marcador deleble palabras que traten de hacer justicia a la descripción que quiero hacer sobre vos. Tus ojos serían grises. O negros. Eso no puedo vaticinarlo correctamente como tal vez sea lo anterior. Se que allí yo vería a las calles que caminé y quiero caminar por siempre.  Yo miraría esas calles que a veces se inundan (como sueles inundarte cada tanto, Buenos Aires) con lágrimas y actuaría como empleado de limpieza y limpiaría el agua en tus ojos-calles con un pañuelo que tengo guardado en el bolsillo derecho de mi pantalón hace mucho tiempo, solo para vos. Y tu voz sería única en su tipo. Sería capaz de cantar las canciones más agudas imaginables. Como esas que solemos escuchar, donde los hippies del hoy que se ponen polleras y se hacen tatuajes con colores bien vivos agarran una guitarra, una flauta melódica y hablan del amor. O también podrías imitar a los tangueros de ley, de esos que lloraron por mujeres. ¡Como hombres que fueron, carajo!  Esos tangueros que iban al café o al bar y pensaban sin parar, hasta que iban a cantar penas a las milongas, con voces raspadas por el aguardiente. Si vos fueras una persona yo te amaría con la pasión con la que amé a algunas mujeres, y aún más. Si, aún más! Pero creo que aún no estamos destinados a ser felices juntos.

Ay, querida.

Te extrañaré tanto, mi pequeña Buenos Aires. Mi corazón siempre será tuyo.

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